
Monstrarium
por Gregori Saavedra
El Monstrariumno es un lugar cualquiera. No es ni un zoo ni un acuario, ni un museo ni una cámara acorazada. Es una cámara de la invención humana, donde se disuelven los límites entre el miedo y la fascinación.
Aquí, criaturas nacidas de nuestras pesadillas colectivas permanecen en animación suspendida, sus formas una grotesca poesía de lo desconocido.
Aquí es donde el kraken enrosca sus interminables tentáculos, donde los leviatanes se deslizan silenciosamente por aguas ennegrecidas y donde las quimeras, en parte sueño, en parte terror, nos miran con ojos que no parpadean.
Pero el Monstrarium no sólo alberga monstruos. Es un espejo de la especie que los conjuró: nosotros.
En los cuentos, los monstruos son villanos, antagonistas del valor y la virtud. Sin embargo, nos aferramos a ellos en la literatura y el cine, embelleciendo sus grotescas formas con el tipo de detalle reservado a las cartas de amor. Drácula, Frankenstein, el Leviatán… todo prueba que no sólo tememos a los monstruos, sino que los adoramos. Ponemos su nombre a nuestros enemigos, calificamos a los criminales de «monstruos» cuando sus actos eclipsan la comprensión. Pero al hacerlo, les otorgamos un poder de otro mundo, como si la propia naturaleza humana no pudiera crear tal horror.
Quizá nuestra obsesión por los monstruos dice menos de ellos y más de nosotros.Nos permiten coquetear con lo peligroso y lo prohibido, explorar nuestros límites sin traspasarlos. Resulta que los monstruos no viven en la oscuridad, sino en nuestras mentes, donde el miedo y la fascinación son a veces indistinguibles.
